Cuando en la tristeza de las noches cálidas, de retorno de las arena, visitas el distrito reservado y escoges una mujer para olvidar el amor, y la acaricias y escuchas que te habla y responde, sucede que una vez consumado el amor y aunque sea bella, vuelves a partir despojado de ti mismo y sin haber formado un recuerdo.
Pero si sucede que la misma en apariencia, con los mismos gestos, con la misma gracia, con las mismas palabras, era una princesa proveniente de una isla por el hilo de lentas caravanas, bañada quince años en la música, en el poema y en la sabiduría, y permanente y sabiendo arder de cólera ante la afrenta y arder de felicidad ante las pruebas, y rica por poseer una parte irreductible, llena de dioses que no sabría traicionar, y capaz de ofrecer al verdugo su gracia extrema por una sola palabra exigida de ella, que ella desdeñará decir, tan bien fundada en su nobleza que su último paso será más patético que una danza, si sucede que es aquella que, cuando entras en la sala de luna con lajas relucientes donde te aguarda, abre para ti sus jóvenes brazos, y pronuncia las mismas palabras, pero que serán ahora expresión de un alma perfecta, entonces yo te digo: volverás a partir al amanecer hacia tus arenas y tus zarzas, no ya el mismo, sino convertido en cántico de acción de gracias. Porque no pesa el individuo con su pobre corteza y su bazar de ideas sino que ante todo cuenta el alma más o menos vasta, con sus climas, sus montañas, sus desiertos de silencio, sus fuentes de nieves, sus vertientes de flores, sus aguas durmientes, toda una caución invisible y monumental. Y es de ella donde extraes tu dicha. Y ya no puedes evadirte de ella. Porque no es lo mismo navegar sobre el magro río, aunque cierres los ojos para gustar de tu balanceo, que viajar sobre el espesor de los mares. Porque no te produce el mismo placer, aunque el objeto sea semejante, el falso diamante que el diamante puro. Y la que calla delante de ti, no es igual a la otra en la profundidad de su silencio.
Y no te equivocas.
Cap XCIV
domingo, 8 de noviembre de 2009
El sentido de las cosas: amar
martes, 8 de septiembre de 2009
Intolerancia (I)
Porque volvió a verme ese profeta de duros ojos que noche y día abrigaba un furor y que, por añadidura, era bizco:
- Conviene -me dijo- obligarlos al sacrificio.
- Verdad -le respondí-, porque es bueno que una parte de sus riquezas les sea quitada de sus provisiones, empobreciéndolos un poco, pero enriqueciéndolos con el sentido que éstas tomarán entonces. Porque no valen nada para ellos, si no forman parte de un rostro.
Pero él no escuchaba, enteramente ocupado por su furor.
- Es bueno -decía- que se hundan en la penitencia...
- Verdad -le respondía-, porque al faltarles el alimento los días de ayuno, conocerán la alegría de salir de él, o se harán solidarios con los que ayunan por fuerza, o se unirán a Dios cultivando su voluntad, o simplemente evitarán volverse demasiado gruesos.
Entonces el furor lo arrastró:
- Ante todo es bueno que sean castigados.
Y comprendí que no toleraba al hombre más que encadenado sobre un camastro, privado de pan y de luz, en una celda.
- Porque conviene -dijo- extirpar el mal
- Te expones a extirparlo todo -le respondí-. ¿No es preferible antes de extirpar el mal, aumentar el bien? ¿E inventar fiestas que ennoblezcan al hombre? ¿Y vestirlo con vestiduras que lo tornen menos sucio? ¿Y nutrir mejor sus niños para que puedan embellecerse con la enseñanza de la plegaria sin absorberse el padecimiento de sus vientres?
Porque no se trata de limitar los bienes debidos al hombre, sino de salvar los campos de fuerza que gobiernan su calidad y los rostros que hablan a su espíritu y a su corazón.
Aquellos que pueden construirme barcas, los haré navegar en sus barcas y pescar los peces. Pero aquellos que pueden botar navíos, los haré botar navíos y conquistar el mundo.
- Entonces ¡deseas podrirlos por las riquezas!
- Nada de lo que es provisión hecha me interesa, y tú no has comprendido nada -le dije.
Cap. CXL
lunes, 11 de mayo de 2009
La perfección (II)
-El cedro -decía mi padre- se nutre del fango del suelo, pero lo muda en follaje espeso que se nutre del sol.
-El cedro -decía otra vez mi padre- es la perfección del fango. Es el fango transformado en virtud. Si quieres salvar tu imperio, cree en su fervor. Drenará las agitaciones de los hombres. Y los mismos actos, las mismas agitaciones, las mismas aspiraciones, los mismos esfuerzos, construirán la ciudad en lugar de destruirla.
Y ahora yo te digo:
-Tu ciudad morirá si es acabada. Porque vivían no de lo que recibían, sino de lo que daban. Para disputarse las provisiones almacenadas se convertirán en lobos en sus guaridas. Y si tu crueldad logra reducirlos reemplazarán al ganado en el establo. Porque una ciudad no se acaba. Digo que mi obra está acabada simplemente cuando falta fervor. Entonces mueren porque ya están muertos. Pero la perfección no es un fin que se condiga. Es trasmutarse en Dios. Y nunca he acabado mi ciudad...
Cap. XVI
viernes, 10 de abril de 2009
El balbuceo de las montañas
Ayer releía un capítulo muy enigmático de Ciudadela. De oscuro significado, de difícil comprensión, de siempre de belleza en sus imágenes, en sus palabras. Y ahora, en estos terribles día, en los que tanta gente de L'Aquila perdió su casas, sus recuerdos, su ciudad, y en la que incluso dos amigos han perdido su vida, me resulta más aterrador. Ahora se trata de continuar la obra de aquellos que han perdido la vida en este terremoto.- Señor, antes habitaba un pueblo construido sobre la espalda tranquilizadora de una colina, bien plantada en la tierra y su cielo, un pueblo establecido para durar y que duraba. Un desgaste maravilloso lucía sobre el brocal de nuestros pozos, sobre la piedra de nuestros umbrales, sobre el apoyo curvo de nuestras fuentes. Pero he aquí que una noche algo se despertó en nuestro asiento subterráneo. Comprendimos que bajo nuestros pies la tierra recomenzaba a vivir y a amasarse. Lo que estaba hecho retornaba a ser obra. Y tuvimos miedo. Tuvimos miedo no tanto por nosotros mismos como por el objeto de nuestros esfuerzos. Por el que nos cambiamos en el curso de la vida. Era yo cincelador y he tenido miedo por el gran jarro de plata en el que trabajaba hacía dos años. Por el cual había trocado dos años de velar. El otro temblaba por sus alfombras de lana que había teñido con su alegría. Cada día las desenvolvía al sol. Estaba orgulloso de haber cambiado algo de su carne resecada por esta ola que en un principio parecía profunda. Otro tuvo temor por los olivares que había plantado. Y pretendo que ninguno de entre nosotros temía la muerte; pero todos temblábamos por pequeños objetos estúpidos. Descubrimos que la vida no tenía sentido más que si se la cambia poco a poco. La muerte del jardinero en nada lesiona al árbol. Pero si amenazas al árbol, muere dos veces el jardinero. Había entre nosotros un viejo narrador que conocía los cuentos más bellos del desierto. Y que los había embellecido. Y que era el único en conocerlos, pues no tenía hijos. Y así que la tierra comenzó a deslizarse temblaba por los pobrecitos cuentos que ya nunca serían cantados por nadie. Pero la tierra continuaba viva e hiñéndose, y una gran marejada ocre amenazaba en formarse y descender. ¿Y qué quieres tú que uno cambie en sí, para embellecer una marejada movible que vuelve lentamente y lo traga todo? ¿Qué construir sobre esos movimientos?
Bajo la presión las casas viraban lentamente y bajo el efecto de una torsión casi invisible los postes estallaban bruscamente como barriles de pólvora negra. O bien los muros comenzaban a temblar hasta que se esparcían. Y aquellos que entre nosotros sobrevivían perdían el propio significado. Salvo el narrador que se había vuelto loco y cantaba.
Cap. V
viernes, 6 de febrero de 2009
El sentido de las cosas I
Mi pueblo amado, has perdido tu miel, que es, no de las cosas, sino del sentido de las cosas, y si experimentas todavía la prisa de vivir, ya no encuentras el camino. He conocido a aquel que era jardinero, y al morir dejaba un jardín inculto. Me decía: "¿Quién podará mis árboles..., quién sembrará mis flores...? Pedía unos días para construir su jardín, pues poseía las semillas de las flores, bien seleccionadas, en su reserva de semillas, y los instrumentos para abrir la tierra, en el almacén, y el cuchillo para remozar los árboles pendido a su cintura; pero sólo eran objetos dispersos que no tenían sentido de un culto. Y tú lo mismo con tus provisiones. Con tu rastrojo, con tus semillas, y tus envidias y tus piedades y tus disputas, y tus viejas próximas a morir, y tu brocal del pozo, y tu mosaico, y tu agua cantarina que no has sabido fundir todavía, por el milagro del nudo divino que anuda las cosas y sacia el espíritu y el corazón, en un poblado y su fuente.
Cap. CLXXVII
lunes, 26 de enero de 2009
Cómo conseguir la unión
jueves, 18 de septiembre de 2008
El sentido del trabajo
Pues no te engañes sobre el sentido del trabajo. Hay trabajos urgentes. Como el de las cocinas de mi palacio. Pues si no hay alimento no hay hombre. Y conviene que primero sean alimentados los hombres, vestidos y abrigados. Conviene que sean, simplemente. Y tales servicios son urgentes ante todo. Pero lo importante no es eso sino su calidad única. Y las danzas, los poemas, los cinceladores de los pisos de arriba, y el geómetra y el observador de las estrellas, que permiten ante todo el trabajo de las cocinas son los únicos que honran al hombre, y que le dan un sentido.
Luego, cuando viene aquel que no conoce más que las cocinas que en efecto han acarreado realidades para las balanzas y huesos para los perros, le prohíbo hablar del hombre pues olvidará lo esencial, a la manera del ayudante que no considera en el hombre más que su aptitud para el manejo de las armas.
¿Y para qué se ha de danzar en su palacio, cuando las danzarinas enviadas a las cocinas te enriquecerían con un suplemento de alimento? ¿Y para qué se ha de cincelar jarros de oro, cuando si se envían a los cinceladores a las canteras de los jarros de estaño se dispondría de más jarros? ¿Y para qué tallar diamante, y para qué escribir poemas, y para qué se observan las estrellas, cuando no tienes más que enviar a ésos a cultivar el trigo para tener un suplemento de pan?
Mas como en tu ciudad faltará algo que es para el espíritu y no para los sentidos, te verás obligado a inventarles falsos alimentos, que no valdrán nada y les buscarás fabricantes que les fabriquen poemas, autómatas que les fabricarán danzas, prestidigitadores que del vidrio tallado extraerán diamantes. Y ellos tendrán la ilusión de vivir. Aunque sean sólo la caricatura de la vida. Puesto que habrán confundido el sentido verdadero de la danza, del diamante y del poema, que te alimentarán con su parte invisible a condición de ser escalados, con un forraje para pesebres. La danza es guerra, seducción, asesinato y arrepentimiento. El poema es ascensión de montaña. El diamante es un año de trabajo cambiado en estrella. Mas le faltará lo esencial.
Cap. CXIII
jueves, 21 de agosto de 2008
Los contrarios
Luchas contra el mal -le dije-, y toda lucha es una danza. Y obtienes tu placer del placer de la danza, luego del mal. Yo preferiría que danzaras por amor.
Pues si fundo un imperio donde nos exaltemos por causa de los poemas, vendrá la hora de los lógicos que razonarán sobre esto y te descubrirán en los contrarios a los poemas los peligros que amenazan a los poemas; como si existiera el contrario de alguna cosa en el mundo. Y te nacerán entonces los policías, que confundiendo el amor con el odio al contrario del poema, se ocuparán, no ya de amar, sino de odiar. Como si se equivaliera el amor del cedro con la destrucción del olivo. Y enviarán a la cárcel ya sea al músico, ya al escultor, ya al astrónomo, según el azar de razonamientos que serán estúpido viento de palabras y débil temblor de aire. Y mi imperio perderá entonces, porque vivificar el cedro no es destruir el olivo ni rechazar el aroma de las rosas. Planta en el corazón de un pueblo el amor por el velero y te drenará todos los fervores de su territorio para cambiarlos en velas. Mas tú quieres, en persona, presidir los nacimientos de las velas persiguiendo y denunciando y exterminando a los heréticos. Pero ocurre que todo lo que no es velero puede ser denominado contrario del velero; porque la lógica puede ser llevada adonde tú quieras. Y de depuración en depuración exterminarás a tu pueblo; pues ocurre que cada uno ama también otra cosa. Aun más, exterminarás al velero; porque el cántico del velero se había transformado para el que hace los clavos en el canto de la herrería. Lo meterás en prisión. Y no habrá más clavos para el navío.
Cap CXVIII
sábado, 26 de julio de 2008
El motor de la acción (II)
Y no he visto que los hombres se transformaran por los argumentos de los lógicos, ni los he visto convertirse honradamente bajo el énfasis de un profeta bizco. Mas, al haberme dirigido a ellos en la esencia, por el juego de un ceremonial, los he abierto a miluz.
Reclamas el amor contra las reglas que lo prohíben. Y esas reglas han fundado el amor. Y la melancolía de no sentir el amor, la cual debes a las reglas, es ya amor.
El deseo del amor es el amor. Porque no sabrías desear lo que no has concebido todavía.
Cap. CXCIV
viernes, 20 de junio de 2008
El motor de la acción (I)
No olvides que tu frase es un acto. No se trata de argumentar si deseas hacerme obrar. ¿Crees que voy a determinarme por argumentos? Encontraré mejores contra ti.
¿O has visto a alguna mujer reconquistar su amor por un proceso que pruebe que ella tiene razón? (...)
Para fundar en ti el amor hacia mí, hago nacer a alguien que está en ti, que es para mí. Yo no te diré mi sufrimiento porque eso te disgustaría conmigo. No te haré reproches: ellos te irritarían con justicia. No te diré las razones que tienes para amarme, porque no las tienes. La razón de amar es el amor. No me mostraré tal como me querías. Porque a ése ya no lo quieres. De otra manera, aún me amarías. Pero te educaré para mí. Y si soy fuerte, te mostraré un paisaje que te convertirá en amigo mío.
Cap. CXXXVII
sábado, 24 de mayo de 2008
La perfección (I)
¡Qué argumentos más precisos nos ofrece A. Saint Exupéry sobre la perfección! Algunos de nosotros nos obsesionamos con llegar a alcanzar la perfección, y otros sin embargo huyen de ello a toda costa, por el miedo a llegar a la obra maestra. La opinión que leemos en Ciudadela es más equilibrada:
Me espantaban los funcionarios de mi imperios porque se mostraban optimistas:
- Eso es bueno -decían-. La perfección está fuera del alcance.
Por cierto, está fuera del alcance la perfección. No tiene otro sentido que el de la estrella para guiar su marcha. Pero la marcha únicamente cuenta y no existen en ella provisiones en cuyo seno puedas detenerte. Pues entonces muere el campo de fuerza que te anima y he aquí que eres como un cadáver.
Y si alguno descuida la estrella, es que quiere detenerse y dormir. ¿Y dónde te asientas? ¿Y dónde duermes? No conozco lugar de reposo. Porque si tal lugar te exalta es porque es un objeto de tu victoria. Pero otro es el campo de batallas donde respiras las victoria nueva, otro ese camastro que te fabricas cuando pretendes vivir.
Cap. CLIV
martes, 6 de mayo de 2008
Centinela dormido
Centinela dormido. Vanguardia de los enemigos.es la tajante afirmación de Saint Exupéry. Sigamos leyendo:
He aquí que tú duermes. Centinela dormido. Centinela muerto. Y yo te miro con espanto pues en ti duerme y muere el imperio. Lo veo enfermo a través de ti porque es un mal signo que me delega centinelas para dormir...
Pero en mi piedad se alzaba un litigio nuevo e inesperado. Pues sólo los imperios fuertes siegan las cabezas de los centinelas dormidos, pero estos imperios que ofrecen centinelas para dormir, no tienen ya derecho a segar nada. Porque importa comprendes bien el rigor. No es cortando las cabezas de los centinelas dormidos como despiertan los imperios; es cuando los imperios se han despertado que se cortan las cabezas de los centinelas dormidos. Otra vez confundes aquí el efecto con la causa. Y viendo que los imperios fuertes cortan las cabezas, tú quieres crear tu fuerza cortándolas, y no eres más que un bufón sanguinario.
Funda el amor y fundarás la vigilancia de los centinelas, y la condenación de los que duermen, pues en este caso son ellos mismos que han tronchado el imperio.
Cap. CVIII
domingo, 20 de abril de 2008
Construirse a uno mismo (II)
En el post de hoy, continuación del capítulo anterior, Saint Exupéry nos completa su visión del Hombre como un proyecto, como un camino hacia una meta que quizá nunca se alcance, eso no importa, pero que es la que marca nuestro crecimiento, como un árbol...
Pero hay árboles de la ciudad que el viento de arena no amasa. Hay hombres débiles que no pueden superarse. Hacen su felicidad con una felicidad mediocre, luego de haber suicidado la parte noble. Se detienen en una posada para toda la vida. Han abortado de sí mismos. Y poco me importan qué es de ellos o cómo viven. Renuncian a escuchar la voz de Dios que es necesidad, búsqueda y sed inexpresable. No buscan el sol como lo buscan ene el espesor de la selva esos árboles que jamás lo lograrán como provisión o reserva porque la sombra de los otros ahoga cada árbol, persiguiéndolo en su ascensión, modelados como columnas, gloriosos y lisos, brotados del suelo y transformados en potencia por la persecución de su dios. Dios no se alcanza; pero basta que se proponga, para que el hombre se construya en el espacio como un ramaje.
Cap. XLIX
domingo, 6 de abril de 2008
Construirse a uno mismo (I)
¿De dónde deduces que el cedro ganaría al evitar el viento? El viento lo desgarra pero lo funda. Mal sabio el que separa el bien del mal. Buscas un sentido a la vida, cuando ese sentido es, en primer lugar, llegar a ser uno mismo, y no ganar esa paz miserable que tiende hacia el olvido de los litigios. Si algo se opone a ti y te desgarra, déjalo crecer, que así afianzas raíces y te renuevas. ¡Bienvenido el desgarramiento que te impulsa al parto de ti mismo! Pues ninguna verdad se demuestra y se consigue con las evidencias. Y las que te proponen son arreglos cómodos y semejantes a drogas para dormir.
Cap. XLIX
sábado, 15 de marzo de 2008
El sentido de la vida (III)
Antes de seguir con el sentido de la muerte, volvamos a las enseñanzas sobre la vida del padre del Caíd de nuestra Ciudadela.
-Quiero que amen -terminó diciendo- las aguas vivas de las fuentes. Y la superficie tersa de la cebada verde recosida sobre las resquebrajaduras del verano. Quiero que glorifiquen la vuelta de las estaciones. Quiero que se nutran, semejantes a frutos acabados, de silencio y lentitud. Quiero que lloren largo tiempo sus duelos y que honren largo tiempo a sus muertos, pues la herencia pasa lentamente de una a otra generación y no quiero que pierdan su miel en el camino. Quiero que sean semejantes a la rama del olivo. La que aguarda. Entonces comenzará a hacerse sentir en ellos el gran balance de Dios que viene como un soplo a probar el árbol. Los conduce y vuelve a través del alba a la noche, del verano al invierno, de las cosechas que despuntan a las cosechas entrojadas, de la juventud a la vejez; de la vejez luego a los nuevos niños.
Cap. I
domingo, 2 de marzo de 2008
El sentido de la muerte (I)
Y me sobrevino la gran serenidad de la permanencia.
Porque nada puedes esperar si las cosas no duran más que tú. Y me recuerdo de esa población que honraba a sus muertos. Y la piedad sepulcral de cada familia, uno después de otro, recibía a los muertos. Y ellas eran las que establecían esta permanencia.
-¿Sois felices? -pregunté.
-Y cómo no serlo, sabiendo dónde iremos a dormir.
Cap LXXXII
martes, 12 de febrero de 2008
Un signo de Dios
-Señor -le dije (porque había un cuervo negro sobre una rama vecina)-, comprendo bien que sea señal de Tu majestad callarte. Sin embargo, tengo necesidad de un signo. Cuando termine mi plegaria, ordena volar a ese cuervo. Eso será como el parpadeo de otro distinto a mí y no estaré solo en el mundo. Estaré ligado a ti por una confidencia, aunque sea oscura. No pido nada sino que me sea significado que hay, quizá, algo por comprender.
Y observaba al cuervo. Pero se mantuvo inmóvil. Entonces me incliné hacia el muro.
-Señor -le dije-. Sin duda tienes razón. No corresponde a Tu majestad someterte a mis consignas. Si el cuervo se hubiera volado, me hubiese entristecido más hondamente. Porque un signo tan sólo lo hubiera podido recibir de un igual; por lo tanto, de mí mismo, reflejo todavía de mi deseo. Y nuevamente hubiera encontrado mi soledad.
Así pues, luego de prosternarme, volví sobre mis pasos.
Mas sucedió que mi desesperación cedía a una serenidad inesperada y singular. Me hundía en el fango del camino, me arañaba en las zarzas, luchaba contra el látigo de las ráfagas, y sin embargo, se hacía en mi una especie de claridad. Porque nada sabía que hubiera podido conocer con repugnancia. Porque no había tocado a Dios; pues un dios que se deja tocar no es ya un dios. Ni tampoco si obedece a la plegaria. Y por primera vez adiviné que la grandeza de la plegaria estriba en que no tiene respuesta y que no entra en ese cambio la fealdad del comercio. Y que el aprendizaje es el aprendizaje del silencio. Y que el amor comienza donde no hay ya don que esperar. El amor ante todo es ejercicio de la plegaria y la plegaria ejercicio del silencio.
Cap. LXXIII
domingo, 27 de enero de 2008
Sobre el sentido de la vida (II)
Continúo con el pasaje anterior:
Así, mi soldado quería morir. Él, que no había vivido más que con el sol y la arena; él, que no conocía ningún árbol iluminado, que apenas sabía la dirección del Norte, quería morir porque le habían dicho que en alguna parte estaban amenazados por la conquista, ese cierto olor a cera y ese determinado color de ojos, que los poemas le habían traído ligeramente llevados por el viento, como los aromas. Y no conozco razón más valedera para morir.
Porque ocurre que únicamente te alimenta el lazo divino que anuda las cosas. El cual se ríe de los mares y los muros. Y así, en tu desierto estás colmado por lo que existe en alguna parte, en una dirección que ignoras, entre extranjeros de los que nada sabes, por la espera de la imagen de un pobre objeto de madera barnizada que se hunde en los ojos de un niño como una piedra en las aguas dormidas.
Y ocurre que el alimento que recibes de ello puede justificar tu muerte. Y que yo alzaría ejércitos, si lo deseara, para salvar en alguna parte del mundo, un olor a cera.
Pero no alzaré ningún ejército para defender las provisiones. Porque ellas están hechas, y no tienes nada que esperar, sino cambiarte en rebaño taciturno.
Por eso es que si se extinguen tus dioses, no querrás ya morir por ellos. Pero tampoco vivirás. Porque no existen los contrarios. Si la muerte y la vida son palabras que se sacan la lengua, ocurre sin embargo, que vives solamente de lo que te hace morir. Y quien rechaza la muerte, rechaza la vida.
Porque si no hay nada por encima de ti, nada tienes que recibir. Sino de ti mismo. Pero ¿qué sacas de un espejo vacío?
Cap. CXXII
jueves, 3 de enero de 2008
Sobre el sentido de la vida (I)
Yo he conocido a aquel que quería morir porque había escuchado cantar la leyenda de un país del Norte y vagamente conocía que allí se anda una noche del año sobre la nieve, que es crujiente, bajo las estrellas, hacia iluminadas casas de madera. Y si entras en su luz luego de tu camino, y adosas tu rostro a los cristales descubres que esa claridad provienen de un árbol. Y te dicen que esa noche huele a juguetes de madera barnizada y a aroma de cera. Y de los rostros de esa noche te dicen que son extraordinarios. Pues contienen la espera de un milagro. Y ves a todos los viejos que retienen su aliento y fijan los ojos en los niños, y que se preparan a grandes estremecimientos del corazón. Porque en los ojos de esos niños va a pasar algo inalcanzable que no tiene precio. Porque lo has construido durante todo el año por medio de la espera, y los cuentos, y las promesas, y sobre todo por tu aspecto de saber y tus alusiones secretas y la inmensidad de tu amor. Y ahora vas a separar del árbol algún humilde objeto de madera barnizada y a tenderlo al niño según la tradición de tu ceremonial. Y ése es el instante. Y ya nadie respira. Y el niño pestañea, porque se lo ha arrancado del sueño. Y está sobre tus rodillas con ese aroma de niño fresco que acaban de sacar del sueño y que abraza tu cuello convirtiéndose en algo que es fuente para tu corazón, de lo cual tiene sed. (Y es el gran cansancio de los niños ser saqueados de una fuente que está en ellos y que ellos no pueden conocer, a lo cual se allegan a beber todos aquellos cuyo corazón ha envejecido, para rejuvenecer.) Pero los besos se han suspendido. Y el niño mira al árbol, y tú miras al niño. Pues se trata de escoger una sorpresa maravillosa como una flor que nace una vez al año en la nieve.
Y te sientes colmado por un determinado color de ojos que se vuelven oscuros. Pues el niño se curva sobre su tesoro para iluminarse por dentro del golpe, cuando el regalo lo ha tocado, igual que anémonas de mar. Y huiría si lo dejaras huir. Y ya no hay esperanza de alcanzarlo. No le hables pues no te escucha.
Cap. CXXII
viernes, 30 de noviembre de 2007
Sobre el orden (I)
Siempre me pareció fascinante la forma en cómo habla Saint Exupéry del orden, de la unión de los contrarios, del mantenimiento de la diversidad. Creo que sus palabras, más de sesenta años después siguen siendo muy ilustradoras, porque él escribe como un clásico, por quien no pasa el tiempo.Porque si cada uno de tus súbditos semeja al otro, no has logrado la unidad; pues mil columnas idénticas no crean sino un estúpido efecto de espejos y no un templo. Y la perfección de tu diligencia sería, respecto a esos mil súbditos, exterminar a todos exceptuando a uno.
El orden verdadero es el templo. Movimiento del corazón del arquitecto que anuda como una raíz la diversidad de los materiales y que exige para ser uno, durable y potente, esa misma diversidad.
No se trata de ofuscarte porque uno difiera del otro, porque las aspiraciones de unos e pongan a las del otro, porque el lenguaje de uno no se al lenguaje del otro; se trata de alegrarte de ello ya que si eres creador, construirás un templo de portada más alta, que será su común medida.
Pero llamo ciego al que se imagina crear cuando desmonta la catedral y alinea las piedras en orden, por rango de talla, una después de la otra.
Cap. LXXV
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