Y no he visto que los hombres se transformaran por los argumentos de los lógicos, ni los he visto convertirse honradamente bajo el énfasis de un profeta bizco. Mas, al haberme dirigido a ellos en la esencia, por el juego de un ceremonial, los he abierto a miluz.
Reclamas el amor contra las reglas que lo prohíben. Y esas reglas han fundado el amor. Y la melancolía de no sentir el amor, la cual debes a las reglas, es ya amor.
El deseo del amor es el amor. Porque no sabrías desear lo que no has concebido todavía.
Cap. CXCIV
sábado, 26 de julio de 2008
El motor de la acción (II)
viernes, 20 de junio de 2008
El motor de la acción (I)
No olvides que tu frase es un acto. No se trata de argumentar si deseas hacerme obrar. ¿Crees que voy a determinarme por argumentos? Encontraré mejores contra ti.
¿O has visto a alguna mujer reconquistar su amor por un proceso que pruebe que ella tiene razón? (...)
Para fundar en ti el amor hacia mí, hago nacer a alguien que está en ti, que es para mí. Yo no te diré mi sufrimiento porque eso te disgustaría conmigo. No te haré reproches: ellos te irritarían con justicia. No te diré las razones que tienes para amarme, porque no las tienes. La razón de amar es el amor. No me mostraré tal como me querías. Porque a ése ya no lo quieres. De otra manera, aún me amarías. Pero te educaré para mí. Y si soy fuerte, te mostraré un paisaje que te convertirá en amigo mío.
Cap. CXXXVII
sábado, 24 de mayo de 2008
La perfección (I)
¡Qué argumentos más precisos nos ofrece A. Saint Exupéry sobre la perfección! Algunos de nosotros nos obsesionamos con llegar a alcanzar la perfección, y otros sin embargo huyen de ello a toda costa, por el miedo a llegar a la obra maestra. La opinión que leemos en Ciudadela es más equilibrada:
Me espantaban los funcionarios de mi imperios porque se mostraban optimistas:
- Eso es bueno -decían-. La perfección está fuera del alcance.
Por cierto, está fuera del alcance la perfección. No tiene otro sentido que el de la estrella para guiar su marcha. Pero la marcha únicamente cuenta y no existen en ella provisiones en cuyo seno puedas detenerte. Pues entonces muere el campo de fuerza que te anima y he aquí que eres como un cadáver.
Y si alguno descuida la estrella, es que quiere detenerse y dormir. ¿Y dónde te asientas? ¿Y dónde duermes? No conozco lugar de reposo. Porque si tal lugar te exalta es porque es un objeto de tu victoria. Pero otro es el campo de batallas donde respiras las victoria nueva, otro ese camastro que te fabricas cuando pretendes vivir.
Cap. CLIV
martes, 6 de mayo de 2008
Centinela dormido
Centinela dormido. Vanguardia de los enemigos.es la tajante afirmación de Saint Exupéry. Sigamos leyendo:
He aquí que tú duermes. Centinela dormido. Centinela muerto. Y yo te miro con espanto pues en ti duerme y muere el imperio. Lo veo enfermo a través de ti porque es un mal signo que me delega centinelas para dormir...
Pero en mi piedad se alzaba un litigio nuevo e inesperado. Pues sólo los imperios fuertes siegan las cabezas de los centinelas dormidos, pero estos imperios que ofrecen centinelas para dormir, no tienen ya derecho a segar nada. Porque importa comprendes bien el rigor. No es cortando las cabezas de los centinelas dormidos como despiertan los imperios; es cuando los imperios se han despertado que se cortan las cabezas de los centinelas dormidos. Otra vez confundes aquí el efecto con la causa. Y viendo que los imperios fuertes cortan las cabezas, tú quieres crear tu fuerza cortándolas, y no eres más que un bufón sanguinario.
Funda el amor y fundarás la vigilancia de los centinelas, y la condenación de los que duermen, pues en este caso son ellos mismos que han tronchado el imperio.
Cap. CVIII
domingo, 20 de abril de 2008
Construirse a uno mismo (II)
En el post de hoy, continuación del capítulo anterior, Saint Exupéry nos completa su visión del Hombre como un proyecto, como un camino hacia una meta que quizá nunca se alcance, eso no importa, pero que es la que marca nuestro crecimiento, como un árbol...
Pero hay árboles de la ciudad que el viento de arena no amasa. Hay hombres débiles que no pueden superarse. Hacen su felicidad con una felicidad mediocre, luego de haber suicidado la parte noble. Se detienen en una posada para toda la vida. Han abortado de sí mismos. Y poco me importan qué es de ellos o cómo viven. Renuncian a escuchar la voz de Dios que es necesidad, búsqueda y sed inexpresable. No buscan el sol como lo buscan ene el espesor de la selva esos árboles que jamás lo lograrán como provisión o reserva porque la sombra de los otros ahoga cada árbol, persiguiéndolo en su ascensión, modelados como columnas, gloriosos y lisos, brotados del suelo y transformados en potencia por la persecución de su dios. Dios no se alcanza; pero basta que se proponga, para que el hombre se construya en el espacio como un ramaje.
Cap. XLIX
domingo, 6 de abril de 2008
Construirse a uno mismo (I)
¿De dónde deduces que el cedro ganaría al evitar el viento? El viento lo desgarra pero lo funda. Mal sabio el que separa el bien del mal. Buscas un sentido a la vida, cuando ese sentido es, en primer lugar, llegar a ser uno mismo, y no ganar esa paz miserable que tiende hacia el olvido de los litigios. Si algo se opone a ti y te desgarra, déjalo crecer, que así afianzas raíces y te renuevas. ¡Bienvenido el desgarramiento que te impulsa al parto de ti mismo! Pues ninguna verdad se demuestra y se consigue con las evidencias. Y las que te proponen son arreglos cómodos y semejantes a drogas para dormir.
Cap. XLIX
sábado, 15 de marzo de 2008
El sentido de la vida (III)
Antes de seguir con el sentido de la muerte, volvamos a las enseñanzas sobre la vida del padre del Caíd de nuestra Ciudadela.
-Quiero que amen -terminó diciendo- las aguas vivas de las fuentes. Y la superficie tersa de la cebada verde recosida sobre las resquebrajaduras del verano. Quiero que glorifiquen la vuelta de las estaciones. Quiero que se nutran, semejantes a frutos acabados, de silencio y lentitud. Quiero que lloren largo tiempo sus duelos y que honren largo tiempo a sus muertos, pues la herencia pasa lentamente de una a otra generación y no quiero que pierdan su miel en el camino. Quiero que sean semejantes a la rama del olivo. La que aguarda. Entonces comenzará a hacerse sentir en ellos el gran balance de Dios que viene como un soplo a probar el árbol. Los conduce y vuelve a través del alba a la noche, del verano al invierno, de las cosechas que despuntan a las cosechas entrojadas, de la juventud a la vejez; de la vejez luego a los nuevos niños.
Cap. I
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