-Señor -le dije (porque había un cuervo negro sobre una rama vecina)-, comprendo bien que sea señal de Tu majestad callarte. Sin embargo, tengo necesidad de un signo. Cuando termine mi plegaria, ordena volar a ese cuervo. Eso será como el parpadeo de otro distinto a mí y no estaré solo en el mundo. Estaré ligado a ti por una confidencia, aunque sea oscura. No pido nada sino que me sea significado que hay, quizá, algo por comprender.
Y observaba al cuervo. Pero se mantuvo inmóvil. Entonces me incliné hacia el muro.
-Señor -le dije-. Sin duda tienes razón. No corresponde a Tu majestad someterte a mis consignas. Si el cuervo se hubiera volado, me hubiese entristecido más hondamente. Porque un signo tan sólo lo hubiera podido recibir de un igual; por lo tanto, de mí mismo, reflejo todavía de mi deseo. Y nuevamente hubiera encontrado mi soledad.
Así pues, luego de prosternarme, volví sobre mis pasos.
Mas sucedió que mi desesperación cedía a una serenidad inesperada y singular. Me hundía en el fango del camino, me arañaba en las zarzas, luchaba contra el látigo de las ráfagas, y sin embargo, se hacía en mi una especie de claridad. Porque nada sabía que hubiera podido conocer con repugnancia. Porque no había tocado a Dios; pues un dios que se deja tocar no es ya un dios. Ni tampoco si obedece a la plegaria. Y por primera vez adiviné que la grandeza de la plegaria estriba en que no tiene respuesta y que no entra en ese cambio la fealdad del comercio. Y que el aprendizaje es el aprendizaje del silencio. Y que el amor comienza donde no hay ya don que esperar. El amor ante todo es ejercicio de la plegaria y la plegaria ejercicio del silencio.
Cap. LXXIII
martes, 12 de febrero de 2008
Un signo de Dios
domingo, 27 de enero de 2008
Sobre el sentido de la vida (II)
Continúo con el pasaje anterior:
Así, mi soldado quería morir. Él, que no había vivido más que con el sol y la arena; él, que no conocía ningún árbol iluminado, que apenas sabía la dirección del Norte, quería morir porque le habían dicho que en alguna parte estaban amenazados por la conquista, ese cierto olor a cera y ese determinado color de ojos, que los poemas le habían traído ligeramente llevados por el viento, como los aromas. Y no conozco razón más valedera para morir.
Porque ocurre que únicamente te alimenta el lazo divino que anuda las cosas. El cual se ríe de los mares y los muros. Y así, en tu desierto estás colmado por lo que existe en alguna parte, en una dirección que ignoras, entre extranjeros de los que nada sabes, por la espera de la imagen de un pobre objeto de madera barnizada que se hunde en los ojos de un niño como una piedra en las aguas dormidas.
Y ocurre que el alimento que recibes de ello puede justificar tu muerte. Y que yo alzaría ejércitos, si lo deseara, para salvar en alguna parte del mundo, un olor a cera.
Pero no alzaré ningún ejército para defender las provisiones. Porque ellas están hechas, y no tienes nada que esperar, sino cambiarte en rebaño taciturno.
Por eso es que si se extinguen tus dioses, no querrás ya morir por ellos. Pero tampoco vivirás. Porque no existen los contrarios. Si la muerte y la vida son palabras que se sacan la lengua, ocurre sin embargo, que vives solamente de lo que te hace morir. Y quien rechaza la muerte, rechaza la vida.
Porque si no hay nada por encima de ti, nada tienes que recibir. Sino de ti mismo. Pero ¿qué sacas de un espejo vacío?
Cap. CXXII
jueves, 3 de enero de 2008
Sobre el sentido de la vida (I)
Yo he conocido a aquel que quería morir porque había escuchado cantar la leyenda de un país del Norte y vagamente conocía que allí se anda una noche del año sobre la nieve, que es crujiente, bajo las estrellas, hacia iluminadas casas de madera. Y si entras en su luz luego de tu camino, y adosas tu rostro a los cristales descubres que esa claridad provienen de un árbol. Y te dicen que esa noche huele a juguetes de madera barnizada y a aroma de cera. Y de los rostros de esa noche te dicen que son extraordinarios. Pues contienen la espera de un milagro. Y ves a todos los viejos que retienen su aliento y fijan los ojos en los niños, y que se preparan a grandes estremecimientos del corazón. Porque en los ojos de esos niños va a pasar algo inalcanzable que no tiene precio. Porque lo has construido durante todo el año por medio de la espera, y los cuentos, y las promesas, y sobre todo por tu aspecto de saber y tus alusiones secretas y la inmensidad de tu amor. Y ahora vas a separar del árbol algún humilde objeto de madera barnizada y a tenderlo al niño según la tradición de tu ceremonial. Y ése es el instante. Y ya nadie respira. Y el niño pestañea, porque se lo ha arrancado del sueño. Y está sobre tus rodillas con ese aroma de niño fresco que acaban de sacar del sueño y que abraza tu cuello convirtiéndose en algo que es fuente para tu corazón, de lo cual tiene sed. (Y es el gran cansancio de los niños ser saqueados de una fuente que está en ellos y que ellos no pueden conocer, a lo cual se allegan a beber todos aquellos cuyo corazón ha envejecido, para rejuvenecer.) Pero los besos se han suspendido. Y el niño mira al árbol, y tú miras al niño. Pues se trata de escoger una sorpresa maravillosa como una flor que nace una vez al año en la nieve.
Y te sientes colmado por un determinado color de ojos que se vuelven oscuros. Pues el niño se curva sobre su tesoro para iluminarse por dentro del golpe, cuando el regalo lo ha tocado, igual que anémonas de mar. Y huiría si lo dejaras huir. Y ya no hay esperanza de alcanzarlo. No le hables pues no te escucha.
Cap. CXXII
viernes, 30 de noviembre de 2007
Sobre el orden (I)
Siempre me pareció fascinante la forma en cómo habla Saint Exupéry del orden, de la unión de los contrarios, del mantenimiento de la diversidad. Creo que sus palabras, más de sesenta años después siguen siendo muy ilustradoras, porque él escribe como un clásico, por quien no pasa el tiempo.Porque si cada uno de tus súbditos semeja al otro, no has logrado la unidad; pues mil columnas idénticas no crean sino un estúpido efecto de espejos y no un templo. Y la perfección de tu diligencia sería, respecto a esos mil súbditos, exterminar a todos exceptuando a uno.
El orden verdadero es el templo. Movimiento del corazón del arquitecto que anuda como una raíz la diversidad de los materiales y que exige para ser uno, durable y potente, esa misma diversidad.
No se trata de ofuscarte porque uno difiera del otro, porque las aspiraciones de unos e pongan a las del otro, porque el lenguaje de uno no se al lenguaje del otro; se trata de alegrarte de ello ya que si eres creador, construirás un templo de portada más alta, que será su común medida.
Pero llamo ciego al que se imagina crear cuando desmonta la catedral y alinea las piedras en orden, por rango de talla, una después de la otra.
Cap. LXXV
domingo, 28 de octubre de 2007
Engrandeciéndose con los demás
En numerosos pasajes de Ciudadela, Saint Exupéry nos habla de que podemos engrandecernos si formamos parte de una estructura mayor, sin perder nuestra individualidad. Nos hacemos más grandes al ganar cuando todos ganamos, no cuando nosotros ganamos a los demás.
Sin embargo, me dices, me voceas contra los objetos, pero hay objetos que me aumentan. Y contra el gusto de los honores. Y hay honores que me engrandecene. ¿Y dónde está el secreto, puesto que hay honores que me disminuyen?
- Es que no hay objetos, ni honores, ni prebendas. Valen por la luminosidad de tu civilización. Forman, en primer lugar, parte de otra estructura. Y la enriquecen. Y si sucede que sirves a la misma, te enriqueces al ser más. Así, con el equipo, si es un equipo verdadero. Uno de los del equipo ha logrado un premio y cada uno del equipo se siente enriquecido en su corazón. Y aquel que ha logrado el premio se enorgullece por el equipo, y se presenta ruborizándose con el premio bajo el brazo; pero si no existe un equipo, sino una suma de miembros, el premio significará algo sólo para el que lo recibe. Y despreciará a los otros por no haberlo obtenido. Y cada uno de los otros envidiará y odiará al que no ha recibido el premio. Pues cada uno ha sido frustrado. De este modo, los mismos premios son objeto de envilecimiento para los segundos. Pues te favorece sólo aquello que funda los caminos de tus cambios.
Cap. LXXVI
domingo, 14 de octubre de 2007
Cómo se construye el Hombre (II)
Buscas un sentido a la vida, cuando ese sentido es, en primer lugar, llegar a ser en uno mismo, y no ganar esa paz miserable que tiende hacia el olvido de los litigios. Si algo se opone a ti y te desgarra, déjalo crecer, que así afianzas raíces y te renuevas. ¡Bienvenido el desgarramiento que te impulsa al parto de ti mismo! Pues ninguna verdad se demuestra y se consigue con la evidencia. Y las que te proponen son arreglos cómodos y semejantes a drogas para dormir.
Cap. XLIX
miércoles, 3 de octubre de 2007
Cómo se construye el Hombre (I)
Y es el secreto mismo lo que te enseño. Tu pasado entero es un nacimiento al igual que, hasta hoy, los sucesos del imperio. Y si lamentas algo eres tan absurdo como el que lamentaba haber nacido en otra época, en otro país o ser pequeño cuando era grande, y que empujaba en sus absurdas ensoñaciones su desesperanza de cada instante. Loco aquél que se roe los dientes contra el pasado, que es bloque de granito y cosa concluida. Acepta este día como te es ofrecido en lugar de chocar contra lo irreparable. Irreparable no tiene significado porque es la marca de todo pasado. Y como no hay fin logrado, ni ciclo concluido, ni época acabada sino para los hitoriadores que te inventarán esas divisiones, ¿cómo sabrás que se debe lamentar la diligencia que no ha resultado aún y que no resultará jamás?; porque el sentido de las cosas no reside en la provisión hecha que consumen los sedentarios, sino en el calor de la transformación, de la marcha, o del deseo. Y a aquél que acaba de ser vencido y bajo el talón de su vencedor se recompone, lo llamo más victorioso en su diligencia que aquél que goza de su victoria de ayer, como un sedentario de sus provisiones y que se encamina ya hacia la muerte.La frase marcada es mía, porque me recuerda al filósofo estoico Epícteto. Quizás en algún futuro blog trataré de buscar los filósofos que inspiraron a Saint Exupéry.
Cap. LVI
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